¿Como encontrar el equilibrio emocional?
Psicología Real
El equilibrio emocional no es un estado perfecto ni permanente. Es un movimiento constante entre nuestro mundo interno y externo. Sentirnos en equilibrio no significa no tener problemas, sino poder afrontarlos sin desbordarnos, manteniendo una conexión coherente con quienes somos y con lo que nos rodea.
¿Qué necesitamos realmente para estar bien?
A menudo creemos que la clave está en alcanzar metas: un buen trabajo, una familia feliz, éxito, belleza o estabilidad económica. Pero muchas personas que consiguen todo eso, siguen sintiéndose vacías o desconectadas. Lo que solemos pasar por alto es que el verdadero equilibrio no se mide por lo que tenemos, sino por cómo nos sentimos con nosotros mismos y con nuestro entorno.
Una persona que está mal consigo misma no conseguirá conectar verdaderamente con los demás, aunque el entorno sea amable. De hecho, será ella la que aporte desequilibrio al entorno.
Una persona que está bien consigo misma, pero que se encuentre en un entorno hostil, se verá obligada a mantenerse en un estado alerta, que poco a poco irá minando su energía y su equilibrio.
Estar en equilibrio significa estar bien con uno mismo y con el entorno.
Pero, ¿qué implica realmente estar en equilibrio con uno mismo?
Más de uno se sorprenderá al descubrir que, para muchas personas, ese equilibrio no depende del éxito, los logros o las metas alcanzadas en la vida —como el trabajo, la familia, la belleza o el poder—, sino de algo mucho más profundo y esencial:
- La autonomía.
Los seres humanos necesitamos que nuestras decisiones y acciones nazcan de nosotros mismos, y sentirnos en paz con ellas. Ser autónomos no es hacerlo todo solos, sino vivir de acuerdo con lo que realmente pensamos, sentimos y necesitamos. - El desarrollo de relaciones sanas.
Cuando somos autónomos, también somos capaces de construir vínculos más genuinos, donde no hay dependencia ni sumisión, sino respeto, apoyo mutuo y libertad.
Sería maravilloso nacer funcionando de ese modo: conectados con nuestras necesidades, autónomos y capaces de construir relaciones sanas. Como los animales, que vienen “programados” para actuar según lo que necesitan, sin cuestionamientos ni interferencias.
Pero los seres humanos nacemos con un cerebro inmaduro. Nuestro desarrollo —tanto a nivel neurológico como emocional y psicológico— depende en gran medida del entorno en el que crecemos. Los padres y cuidadores no solo nos alimentan o protegen: también son modelos de funcionamiento.
Por eso, no somos completamente libres respecto a nuestra educación: no elegimos el entorno en el que nacemos ni los efectos que ese entorno tiene sobre nuestro desarrollo físico y mental. En esa experiencia temprana, absorbemos —sin saberlo— muchas de las creencias de nuestros padres.
A través de la forma en que se relacionan con nosotros, vamos construyendo una imagen del mundo, de los demás y de nosotros mismos. Y, a medida que crecemos, también la cultura, la sociedad y el contexto amplían esa influencia, impactándonos en mayor o menor medida según cómo se haya formado nuestra personalidad.
Creencias del “deber ser” y su impacto en el equilibrio emocional
Cuando hablamos de equilibrio emocional, es fundamental prestar atención a las ideas que absorbemos del entorno —ya sea a través de la cultura o de nuestros educadores— sobre cómo “debemos ser” y cómo “debemos actuar”.
Aunque estas ideas llegan desde fuera, al aceptarlas sin cuestionarlas, las integramos como si fueran nuestras propias creencias.
Muchos autores y psicólogos han analizado el papel de estas creencias, especialmente las formuladas como mandatos del tipo “debería ser…”, y coinciden en algo:
-La discrepancia entre lo que una persona es y lo que cree que debería ser puede convertirse en una fuente constante de angustia, ansiedad y conductas desadaptativas-
Cuando vivimos situaciones de estrés o ansiedad —ya sea por conflictos internos o por tensiones externas—, y sentimos que no estamos siendo como “deberíamos”, o sufrimos al ver que nuestras reacciones impactan negativamente en las relaciones con los demás, nos desequilibramos
¿Qué podemos hacer? ¿Cómo encontrar ese equilibrio que se nos escapa?
La respuesta no está en buscar fuera, ni en culpar al mundo, ni en exigirnos más., sino en conocernos: conocer nuestras creencias y cómo están influyendo en nuestro comportamiento y en nuestras relaciones con los demás. Cuando entendemos por qué hacemos lo que hacemos, podemos empezar a elegir de otra manera.
El equilibrio emocional se construye, no se alcanza de golpe. Requiere cuestionarnos, aceptar lo que somos, tratarnos con compasión, y, sobre todo, actuar con conciencia, aunque eso implique esfuerzo. No hay fórmulas mágicas. Por eso es mejor huir de los discursos que prometen transformación.
La realidad es que el cambio profundo lleva tiempo, pero es posible. A través del autoconocimiento, de relaciones más auténticas, de decisiones más alineadas con nuestros valores, podemos encontrar una forma de estar en el mundo que no duela tanto.
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