Mantener el equilibrio emocional: volver a tu eje
Psicología Real
Dicen que ningún equilibrio es estático, y basta fijarse en el cuerpo para comprobarlo. Una fisioterapeuta me enseñó que nuestra salud física depende de la alineación de un eje imaginario que atraviesa la columna, sube a la coronilla y baja hasta el centro de las plantas de los pies. Cada vez que nos encorvamos ante la pantalla, cruzamos las piernas o tensamos el cuello, abandonamos ese eje; y, sin embargo, bastan unos estiramientos, un cambio de postura o unos segundos de conciencia corporal para recuperarlo y minimizar el daño.
¿Y si la estabilidad emocional funcionara igual?
A lo largo del día nos desviamos de nuestro centro psíquico por un comentario inesperado, un pico de estrés, un recuerdo que remueve, una mala noche, una discusión. No importa cuántas veces salgamos del eje; lo decisivo es saber cómo regresar. El equilibrio no es un premio para quien nunca tropieza, sino la capacidad de reencontrarse con uno mismo después de cada traspié.
Lo importante no es salir de nuestro equilibrio sino saber cómo volver a él. Pero ¿cómo lograrlo?
- Autoconocimiento: detectar la salida de pista
Antes de corregir el rumbo hay que darse cuenta de que se ha torcido. Eso exige observar nuestras reacciones ―tensión muscular, irritabilidad, apatía, impaciencia, prisa excesiva― y preguntarse qué las provoca. Ese primer destello de lucidez convierte un malestar difuso en una señal concreta: “Me estoy desequilibrando porque…”.
- Rastrear las creencias heredadas
Detrás de cada reacción hay una interpretación, y detrás de cada interpretación, una red de creencias que absorbimos de nuestros educadores. ¿Quién dijo que siempre hay que ser útil, que enfadarse es de débiles, que los demás deben adivinar nuestras necesidades? Mientras esas ideas operen en la sombra, repetiremos viejos patrones sin entender por qué.
- Reaprender para ver la realidad con otros ojos
Cuestionar no basta. Hace falta sustituir lo obsoleto por marcos más ajustados a la condición humana: aceptar la imperfección, reconocer los límites, legitimar el conflicto, asumir la responsabilidad personal. Este “reaprendizaje” no se improvisa: implica estudio, reflexión y, a menudo, acompañamiento terapéutico.
4. Practicar, practicar, practicar.
No aprendemos a montar en bici en un día. Antes necesitamos desarrollar el equilibrio corporal, coger seguridad, coordinar movimientos, y, sobre todo, practicar. Nos caeremos muchas veces, dudaremos, perderemos el control. Pero con la repetición, el cuerpo aprende. Llega un momento en que ya no tenemos que pensar cada movimiento, y eso nos permite mirar hacia delante, anticipar los baches, sortear los obstáculos.
Con el equilibrio emocional ocurre lo mismo.
No basta con entenderlo una vez. Necesitamos entrenar: identificar lo que nos desequilibra, corregir la postura interna, volver al eje. Una y otra vez. Cada intento, incluso cuando no sale bien, fortalece nuestras capacidades. Porque no se trata de hacerlo perfecto, sino de construir un modo de estar más habitable, más consciente, más nuestro.
Caer forma parte del proceso. Volver al centro, también.
No te juzgues por salir de tu eje. Júzgate solo por cuánto estás dispuesto a aprender a volver.
El cuerpo no recupera la alineación con una sola sentada, y la psique tampoco. Cada vez que notamos la desviación y volvemos al centro reforzamos nuevas conexiones neuronales. Es repetición deliberada: esfuerzo, voluntad y constancia. Sin esa gimnasia interior, la mejor teoría se queda en frase inspiradora.
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